Y fueron felices...

Por Rudy Eres
Con el correr de la vida moderna y la prisa en que vive nuestra sociedad, a veces resulta difícil ver matrimonios en los cuales la felicidad perdure a través de los años y se consolide hasta llegar a la vejez. Sin embargo existe una realidad que se mantiene vigente detrás de la cortina que imponen las modas o las tendencias menos conservadoras: existe una multitud de parejas felices que mantienen un matrimonio íntegro y feliz con el pasar de los años. Pero ellos nunca son la noticia. Hace poco, cuando el famoso y ya anciano actor Paul Newman dejó este mundo, fueron muchos los que se sorprendieron al conocer su historia de amor perdurable junto a su esposa, la también actriz Joanne Woodward. Un matrimonio de artistas de Hollywood que logró cumplir sus bodas de oro. Algunos se sorprendieron al conocer la historia de amor de los Newman, porque el ambiente de los famosos está demasiado cargado de bodas seguidas de separaciones repentinas. Y sin embargo, aun perteneciendo a un medio tan difícil como el de los famosos, el ejemplo deja ver que el verdadero amor sí es posible.
¿Cuál es el secreto?
El matrimonio no es algo que pueda definirse desde un punto de vista meramente teórico, como si fuera una ecuación matemática; verlo de esa manera es un grave error. Un matrimonio es la unión de dos almas que se comprometen a vivir una vida caminando juntos y ayudándose el uno al otro. El matrimonio es como un ser viviente que si deja de ser alimentado con la llama del amor día a día, pierde rápidamente su sentido inicial y muere fácilmente. Mantener esa llama es un trabajo de ambos que se realiza cada día, cada mañana al despertar, en cada gesto y pensamiento. Quienes lo han logrado deberían ser nuestros ejemplos y no aquellos que permanentemente fracasan en el intento. Sin embargo, es irónico que de quienes más sabemos y nos enteramos es de estos últimos. Deberíamos reorientar nuestro radar interior y descartar toda esa información mediática que nos muestra que la vida en matrimonio es casi imposible. La realidad de millones de parejas que lo han sabido hacer bien anónimamente es lo que debemos buscar como nuestro norte.
¿Cómo logran perdurar?
En primer lugar debemos pensar de dónde venimos y hacia dónde nos lleva la vida en matrimonio. Cuando somos aun solteros, estamos acostumbrados a dirigir nuestras vidas en una dirección sin cuestionamientos. Aunque vivimos en casa de nuestros padres tenemos autonomía sobre nuestro mundo íntimo de cada día. Planificamos nuestra vida diaria de manera bastante egoísta porque estamos sólo con nosotros mismos. Nuestra habitación, nuestra cama, nuestra ropa, nuestro programa de tv favorito, nuestros amigos, salir y regresar a nuestro antojo, son sólo algunas de las cosas que hacemos o poseemos sin discutir con nadie. Pero cuando se deja la soltería atrás para enfrentarse a la vida matrimonial todo eso cambia y nuestra vida se ve transformada en una forma nueva y diferente de transitar la vida. En esta instancia todo adquiere un nuevo significado bajo la palabra "compartir". Porque para poder compartir es necesario dejar a un lado muchas pequeñeces y caprichos a los que estábamos acostumbrados en nuestra vida solitaria. Desde el matrimonio la individualidad se conserva, pero las decisiones se toman de a dos; especialmente cuando cualquier decisión seguramente afectará a ambos.
Si piensas que eso puede significar la pérdida de la libertad individual, es porque tal vez aún no estás preparado/a para la vida matrimonial. Lo único que en realidad pierdes es un tipo de libertad desordenada que caracteriza la vida en soltería y que a su tiempo, cuando la persona está lista para dar el paso, esa vieja libertad ha cumplido su etapa para dar lugar a un tipo de libertad más madura y menos egoísta. Esa es la libertad ideal para formar una familia y desde donde es posible comprender al otro cada día más y saber lo que realmente necesita de nosotros desde un plano de amor y comprensión, amor y amistad profundos. En ese punto, la honestidad y el cariño de cada día son el motor que mantiene la llama del amor que nutre la relación. Ir de frente siempre con la verdad y preocuparse por las necesidades del otro son materia básica de una relación. Saber escuchar al otro, ser conscientes que siempre tenemos algo que aprender de nuestra pareja, nos hace crecer como personas y permite que a su vez la relación crezca permanentemente. Las discusiones son ampliamente necesarias, pues son el medio de encontrar un punto medio para un desacuerdo; pero siempre deben darse sin que intentemos imponernos de manera egoísta y sin jamás llegar a la agresividad, ni verbal y mucho menos física. Una discusión madura siempre se basa en el respeto por el otro. Cuando hay verdadero amor no es difícil dejar ver al otro que ha cometido un error, y hay que hacerlo siempre con cariño cuidado.
La vida en matrimonio debe permitirnos sembrar cada día una mayor confianza entre ambos, logrando que la sinceridad mutua nunca decline. El amor de la vida matrimonial es como una pequeña plantita muy bella y muy frágil que siempre se mantiene así y a la cual hay que cuidar y regar con amor día a día. El matrimonio no funciona en “piloto automático”, no es algo que el combustible de la pasión inicial puede mantener por siempre; el matrimonio es un trabajo que ambos deben aceptar cada día al despertar y que no depende de buenos o malos momentos sino de todos los momentos de la vida compartida.